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Economía neoconductista versus teorías tradicionales
Según Richard Thaler (Chicago) y el indio Sendhil
Mullainathan (MIT), “neoconductismo es la combinación de
psicología y economía que investiga mercados donde haya
agentes humanos, con su complejidad y sus limitaciones”.
Durante el simposio de Cape Cod (organizado por la Reserva
Federal de Boston), se definió el neoconductismo como
subárea de la ciencia económica en general”.
"La teoría neoclásica conceptualizaba el ámbito del homo
oeconomicus como anticonductista. En verdad -señalaba Thaler-,
esa escuela ha venido ignorando a los sociólogos y los
psicólogos sociales". A su criterio, la economía
neoconductista resulta de evidencias empíricas contrarias a
la racionalidad absoluta y sus escenarios. Por consiguiente,
la nueva disciplina intenta detectar diferencias entre
conductas y modelos convencionales, para demostrar cómo
afectan a los contextos económicos.
"Muchos académicos postulan -apuntaba Mullainathan- que las
fuerzas del mercado (competencia, arbitraje), combinadas con
la evolución, debieran generar el marco descripto en los
textos. Donde, por ende, sólo sobrevivan los agentes
racionales". Como ejemplo, el teórico apela a una actitud
humana: "el agente A decide hacerse neoconductista, porque
espera ganar dinero o encuentra esta escuela más interesante
o no quiere molestarse en estudiar matemáticas".
Su decisión será, pues, "un error en cualquier contexto
racional. Entonces ¿cómo operarán las fuerzas del mercado?
Haciéndole perder dinero, pero sin reducirlo a la
indigencia, de modo que -si es obstinado- insistirá en el
conductismo... contra su propio interés. Ello demuestra que
los mercados, de por sí, no resuelven ciertos problemas.
Crean incentivos para un cambio de conducta, pero no lo
fuerzan".
En lo atinente al arbitraje, Thaler apunta que, en el caso
presentado, "ni siquiera tiene oportunidad. Suponiendo que
un árbitro inteligente esté observando las decisiones de A
¿cuál será su apuesta? Ninguna. Igual situación se daría si
A optase por ahorrar poco para la jubilación o comprar una
computadora inadecuada". Lógicamente, los actos espontáneos
o irracionales no dan lugar al arbitraje.
En este punto, los propios neoclásicos admiten que, en la
actualidad, también los mercados financieros le imponen
límites al arbitraje. Primero, porque -en presencia de
inversores irracionales- el operador puede ganar yendo en
dirección equivocada que en la correcta. Segundo, porque el
arbitraje lleva riesgos inherentes (eso explica las
coberturas derivativas, por ejemplo) y límites. A ello debe
añadirse que, en la práctica, la mayoría de árbitros maneja
fondos ajenos y debe rendir cuentas periódicamente. "En un
mundo aparentemente racional -reflexionaba Thaler-, el
arbitraje también sufre severos constreñimientos".
En verdad, desastres como Baring Securities en 1995 o Long-Term
Capital Management Fund en 1998 demuestran que "los mercados
por sí solos no pueden tornar racionales a todos los agentes
económicos. Queda, pues, la evolución. Pero un viejo
argumento darwinista -recuerda Mullainathan- dice que
quienes fracasan quedan excluidos de la cadena evolutiva. Lo
malo es que esto puede explicar tanto los excesos de
confianza como lo contrario". Hasta cierto punto, el caso
Nicholas Leeson en el sudeste asiático y, en esa misma
región, el pésimo manejo de la crisis sistémica 1997/8 por
parte del FMI les dan la razón a los neoconductistas.
El arsenal neoclásico tiene un argumento final: quien cometa
el mismo error continuamente acabará por escarmentar y se
enmendará. Pero "tampoco eso resiste el escrutinio. Por un
lado, nuestros experimentos indican que a menudo el
escarmiento implica un horizonte de tiempo infinito. Por el
otro, los juegos estratégicos, como medios de aprendizaje,
convalidan aquel aserto de John Maynard Keynes: todos
estaremos muertos en el largo plazo".
Límites del "homo oeconomicus"
En opinión de los neoconductistas, "los modelos
convencionales de comportamiento humano incluyen por lo
menos tres rasgos irreales: racionalidad, fuerza de voluntad
y egoísmo absolutos. Ninguno lo es". Un precursor, Herbert
Simon (1955) criticaba modelos basados en "agentes
económicos perfectamente informados y capaces". En otras
palabras, lo que luego postularía Robert Lucas, campeón de
las expectativas racionales.
Simon propuso el término "racionalidad restringida" (bounded
rationality) y, quince años después, John Conlisk afirmaba:
"negarse a extrapolarla es cosa de malos economistas. Dado
que la capacidad mental y el tiempo tienen límites, no es
posible que la gente resuelva siempre bien los problemas
complejos. Pero los modelos convencionales ignoran esas
restricciones".
Juicio y racionalidad suelen divergir de muchas maneras:
exceso de confianza, optimismo o pesimismo exagerados o,
como apunta Thaler, "evaluaciones basadas en elementos
superficiales u obvios. Al respecto, la prospectiva es buen
ejemplo, pues abarca tres componentes: (1) adaptación a
cambios en la riqueza, no a su cuantía en sí; (2) noción de
que se siente más una pérdida que una ganancia y (3) ambas
se sienten menos al pasar el tiempo".
Los neoclásicos postulan que el homo oeconomicus acaba
seleccionado un equilibrio óptimo entre pérdidas y
ganancias. Los neoconductistas creen, por el contrario, que
una persona real tal vez sepa qué opción es mejor, pero a
veces no la ejercerá por razones de autocontrol o porque los
hombres (aun los economistas) suelen dilatar decisiones. En
último término, la gente es egoísta y, por ende, los
economistas resaltan al egoísmo como móvil primario.
¿Mercados vs. racionalidad?
Hace unos veinte años, los economistas no hubiesen vacilado:
los mercados de valores eran dominio de la racionalidad
neoclásica. Conceptos e instrumentos conductistas no tenían
espacio en ese universo. "Por supuesto, los límites al
arbitraje en los mercados de riesgo no se percibían o
entendían bien", puntualizaba Thaler en los debates de Cape
Cod. Aludiendo a Lucas (Nobel 95), Henry Markowitz, Merton
Miller, William Sharpe, Robert Merton y Myron Scholes
(matemáticos que compartieron los Nobel 90 y 97), el
expositor dijo que "durante mucho tiempo ha reinado la
hipótesis de los mercados perfectos. Pero, ya en el siglo
XXI, los mejores aportes a la comprensión de los mercados
provienen de la economía neoconductista".
Según esta escuela, mediaron dos factores claves. Primero,
la economía financiera y las hipótesis del mercado perfecto
generaban proyecciones sobre fenómenos y variables
observables. Segundo, ahora hay más datos disponibles para
verificar esas predicciones y se dan situaciones peculiares.
En el plano bursátil, por ejemplo, el modelo del mercado
eficiente presupone que los precios son "correctos", en
cuanto reflejan la capitalizacion (valor) racional de un
título. En algunos casos, esto es una petición de
principios, porque no hay valores intrínsecos observables.
No obstante, en otros casos las hipótesis pueden probarse
comparando dos activos cuyos valores intrínsecos se conocen.
Especialmente si se trata de "siameses", o dos acciones del
mismo grupo, cotizadas en bolsas diferentes.
Existe un caso típico: Royal Dutch Shell, cuando el ala
petrolera (Dutch) cotizaba en Amsterdam/Nueva York y la
transportista (Shell) en Londres. En cualquier modelo
racional y descontando diferenciales cambiarios, las
acciones debían reflejar la composición misma del grupo (60%
Dutch, 40% Shell). Pero no sucedió así y, a fines de 1997,
la relación se desviaba más de 35% respecto de lo "normal".
Costos transaccionales e impuestos no alcanzaban para
explicar la disparidad.
"El ejemplo demuestra que los precios divergen de sus
valores intrínsecos porque el arbitraje tiene límites",
subrayaba Thaler. "Algunos inversores tratan de explotar
este desajuste, comprando el papel más barato y vendiendo el
más caro. Pero esto no era seguro, como lo descubrieron
tantos fondos de cobertura a mediados de 1998, pues la
anomalía Dutch-Shell violaba un principio básico: la ley del
precio único. El principio opuesto, en el modelo racional,
es el de imprevisibilidad: en un mercado eficiente, no es
posible pronosticar futuras oscilaciones basándose en datos
conocidos por todos. El acceso a datos privilegiados no es
un factor racional, sino aleatorio.
¿Dónde deja lo anterior al inversor físico? Un estudio
conductista de 1985 trata de explicarlo apoyándose en
evidencias empíricas, según las cuales la gente tiende a
subestimar datos previos cada vez que evalúa datos nuevos.
Esto lleva a una hipótesis: si los inversores se comportan
de esa manera, las acciones firmes durante años alcanzarán
eventualmente precios demasiado altos. ¿Por qué? Porque, a
cada suba, la gente se excederá en su reacción al nuevo dato
comprando y, por tanto, inflando la cotización. Por iguales
razones, los papeles flojos acabarán a precios
insignificantes.
Estas conclusiones llevan a un corolario: en el futuro, las
ganadoras del pasado se sobrepreciarán respecto del mercado
y las perdedores quedarán muy por detrás del promedio. Pero,
como se subrayó en los debates de Cap Cod, series
estadísticas que cubren 35 acciones cotizadas en el
principal panel de Wall Street (NYSE) durante el quinquenio
1993-7 contradicen a los conductistas. En efecto, indican
que los papeles de peor comportamiento (perdedores) superan
la media del mercado en el quinquenio siguiente (1998-2002).
A su vez, los ganadores del primer lapso se convierten en
perdedores del segundo.
Naturalmente, otros estudios han detectado "violaciones a la
imprevisibilidad" de patrón opuesto, pues muestran
subreacción en lugar de sobrerreacción. Por tanto, pueden
esgrimirse para cuestionar tanto la teoría de los mercados
eficientes como los esquemas neoconductistas. Al respecto,
Thaler recordó que "por sus características, nos centramos
aquí en los mercados de riesgo [el expositor insiste en
llamarlos "financieros"], pero eso no significa que el
conductismo no se aplique a otros dominios".
En el campo jurídico "hemos comprobado la influencia de
factores en apariencia irrelevantes sobre las decisiones de
un jurado". También en el área de las finanzas empresarias,
"a menudo los managers compran un activo o diversifican su
línea de productos porque confían demasiado en la firma o en
sí mismos. Ambas formas de conducta poco racional explican
la desordenada ola de fusiones y adquisiciones en el sector
telecomunicaciones, en 1999-2001, que ha puesto en crisis a
vastos conglomerados" .
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